El hombre del viento
El hombre del viento

 

El hombre del viento

 

 

Eramos pocos. Habíamos pensado que era mejor quedarse bajo el árbol de la casa, no al interior de la casa porque era muy vieja, y además la vez anterior que hubo viento le había arrancado ya unas calaminas del techo. El árbol por lo menos nos protegía de la lluvia y del viento. Del viento huíamos, según la dirección de la cual soplaba. Ese día Onel no estaba con nosotros, había ido a buscar ramas para tapar el gallinero y la conejera, pues ya se acercaba la temporada de lluvias. Yo no tenía miedo a los rayos, nos habíamos acostumbrado a no tener miedo de nada, pues habíamos nacido con los temblores que tanto sacudían la casa. Era normal oír o sentir el sacudón que producían. Ese día sólo había viento, un viento pesado, duro, muy duro que golpeaba las paredes de la casa. Por eso salimos. "Se va a caer la casa", eso había dicho María, y todos miramos el techo. Había moscas que se habían refugiado en el interior, también había arañas que corrían tras las moscas. Las calaminas vibraban con el viento. "Salgamos de aquí", les dije yo. Entonces salimos apresurados en fila india. Sólo éramos siete. Nosotros éramos cinco y ellos dos. Alberto y Benito se habían refugiado en nuestra casa porque la suya, con el primer soplo del viento, se fue abajo. Sólo quedó la pared del lado donde había sillares, porque de los lados que la levantaron con piedras y barro, se derrumbaron fácilmente. Ellos estaban solos, por eso les dijimos que vinieran a nuestra casa, cuando salieron aterrados de su casa que se derrumbaba. María les abrió la puerta y los condujo al fondo donde estábamos arrinconados. Era el lugar más seguro de la casa. Era la primera vez que el viento soplaba así, parecía un rayo desencadenado. El árbol era ancho, robusto y viejo. Quizá tendría cien, doscientos o más años. Los padres de mis abuelos, dijeron que ya estaba allí, por eso habían decido construir su casa al lado de ese árbol. Alberto y Benito estaban tan asustados que no cesaban de temblar. Pensamos que era por el viento frío, pero era por el susto que tuvieron cuando la casa se les vino abajo. Nosotros también habíamos oído el ruido violento y seco. Ninguno de nosotros dijo nada, sólo nos miramos, imaginando que pudo haber sido nuestra casa, pero estaba allí, resistiendo el paso del viento. Bajo el árbol nos sentimos mejor, aunque a ratos el ruido que hacían las ramas, como si se estuvieran quebrando, nos hacía pensar que hubiera sido mejor quedarse dentro de la casa, pero nadie quería regresar. Para no estar dando la vuelta alrededor del árbol, nos tapamos la cara, cada quien como pudo y nos sentamos alrededor de él, como si lo estuviéramos protegiendo. Y el viento no amainaba, seguía azotando todo cuanto había. A lo lejos veíamos volar papeles, cartones, trozos de maderas, calaminas e infinidad de bolsas de plástico. En poco tiempo estuvimos cubiertos de polvo. Onel no regresaba, tal vez se quedó atrapado entre aquellos eucaliptos y sauces de donde fue a traer ramas. Había ido con su amigo Lorenzo. A ambos les gustaba salir a cazar gaviotas o lagartos, según la época. Demoraban mucho, quizá a causa del terral. La casa de la vecina Aurora, quien vivía no lejos de nosotros, sufrió varios estragos por la envestida del viento. Los perros aullaban en medio de la corriente de polvo que arrastraba el viento. Poco a poco fue calmando la ráfaga de viento, y aprovechamos para limpiarnos la cara. Sacudimos nuestra ropa. Todos teníamos sed, sobre todo los más pequeños, Feliciano y Marcela. Carlos no decía nada, estaba callado, sólo miraba el horizonte lejano que el polvo confundía. María sin que nadie le dijera nada, corrió a la casa y trajo una botella de agua, aunque le costó regresar, porque el viento volvió a la carga justo cuando salía de la casa, así que no le dio tiempo de cerrar la puerta, por eso salió el perro tras ella. Le ordenó para que regresara al interior de la casa, pero ya era demasiado tarde: el perro estaba con nosotros. A ella sólo le quedaba avanzar o retroceder. Nosotros le gritábamos para que se quedara pegada a la pared un rato, hasta que calmara un poco. Quizá no nos oía por el ruido sordo que hacía el viento arrastrando latas y otros objetos ruidosos. Avanzaba de perfil con la botella de agua en el aire, y el viento la empujaba hacia atrás. Entonces corrí hacia ella, y juntos pudimos avanzar, cortando el viento que golpeaba nuestras caras.

Se fue el viento y Onel no regresaba. Nuestra casa había resistido más o menos. Regresamos a casa y comenzamos a ordenar las cosas que el viento derribó. Los vecinos Alberto y Benito se quedaron con nosotros hasta el final, quizá tenían miedo de regresar a su casa; además, de ella no quedaba gran cosa. Nuestro perro se fue de la casa guiado por algún olor que había traído el viento. Cuando regresó, trajo en su hocico un pato malimuerto. Lo dejó caer en el patio, y él se fue a sentar al lado de la puerta. El pato estaba herido, al parecer tenía el ala quebrada, pues se puso a correr torpemente por el patio, haciendo un círculo arrastrando su ala. Nos reunimos a su alrededor esperando que se tranquilizara. Estaba aterrado, por eso tratábamos de no hacer ruido para que no se asustara más de lo que ya estaba. Mientras mirábamos cómo daba vueltas el pato con su ala caída, a lo lejos vimos aparecer un hombre que salía del polvo que aún permanecía quieto en el aire. Al ver que se acercaba con aquellos bolceíses viejos, con aquella barba larga que le colgaba de la quijada, los vecinos Alberto y Benito corrieron hacia el interior de nuestra casa y no volvieron a salir hasta que se fue el hombre. Pensamos que venía a llevarse el pato. En nuestra distracción viendo al hombre que llegaba, el pato se había refugiado en el gallinero, hasta donde lo siguió el perro sin ladrar. Las gallinas, los patos y los otros animales se replegaron en un rincón del gallinero huyendo del intruso. El pato había entrado por una ranura que había ensanchado el viento, al hacer caer un trozo de sillar sobre la malla.

-¿ Dónde vive la Raquel? –fue lo primero que nos dijo.

Estaba muy harapiento, sucio, lleno de polvo. Seguro el terral lo cogió en el camino. Tenía los zapatos rotos, desclavados. Para que la suela no se quedara en el camino la había sujetado con un alambre. Nosotros no nos movimos hasta que el se acercó completamente.

-¿Dónde vive la Raquel? –volvió a preguntar.

Nunca habíamos oído hablar de ese nombre, o por lo menos a nadie se le conocía con ese nombre, puesto que en este pueblo todo el mundo se conocía al revés y al derecho.

-No sabemos –le dije yo-, aquí no hay nadie con ese nombre.

-¿Esto no es Bellavista? –preguntó él, arrugando la frente más de lo que ya estaba.

-Sí –le dije–, este pueblo es Bellavista, pero aquí no vive ninguna Raquel. Hay una Rafa, pero no una Raquel.

-Por todo el camino me han dicho que aquí estaba ella –dijo el hombre. 

Se le veía el semblante extremadamente cansado. Estaba de pie, pero se balanceaba lentamente hacia atrás y hacia delante como si fuera una estatua a punto de ser derribada por el viento. Miraba de un lado a otro, buscando las casas dispersas del pueblo.

-"Vaya usted para allá –eso me dijeron–, aún vive donde la dejó".

-"¿No se ha movido de allá? –les dije yo–, quizá ya no vive nadie en ese pueblo".

-"Al contrario –me dijeron –hay más gente que antes. Hasta agua potable han puesto".

-Y yo continuaba mi camino –dijo el hombre–, fui avanzando de pueblo en pueblo hasta que me agarró la lluvia, justo pasando el último cerro que tapa Socabaya. Me recibieron en una casa hasta que dejó de llover, de modo que pasé la noche en esa casa, echado en un cuero de borrego, uno parecido en los que dormían ellos.

Se puso a hablar solo, como si nosotros le hubiéramos dicho que nos relatara lo que le había ocurrido. Movía la mandíbula parsimoniosamente, al ritmo que iban saliendo las palabras de sus labios.

De un modo extraño nuestro perro ni siquiera lo había ladrado, para él era como si no hubiese llegado nadie. Ya debía ser las cinco de la tarde y Onel no regresaba de ningún lado, y nosotros estábamos con el intruso en el patio. Los vecinos que se habían refugiado en nuestra casa, nos miraban por la rendija de la puerta.

-¡No es posible –dijo –aquí hay un error, no he venido cruzando todos aquellos caminos y poblados para nada! He seguido lo que me iban diciendo en el camino, y cada vez que preguntaba me decían: "allá está la Raquel". Y yo seguía el camino con la esperanza de encontrarla aquí.

Su semblante demacrado, con el caer de la tarde se fue haciendo más oscuro. Sus ojos cansados buscaban a lo lejos, tal vez, la silueta de la casa de esa Raquel que él había traído en su mente, vaya a saber de qué confín del mundo, esa Raquel que nosotros no conocíamos. Nos hubiera gustado decirle que sí la conocíamos, sólo para verlo con cara de vivo y no con aquella que tenía.

-Quizá se fue de este pueblo –le dije yo –antes que nosotros naciéramos. En este caso los mayores le dirán adónde se ha ido.

Parecía que ya no me escuchaba, pues siguió con la mirada perdida hacia los lados. Nosotros estábamos quietos, consternados sin saber qué decirle para que se pusiera alegre. Miró la tierra o sus zapatos rotos, y así se quedo un rato con la cabeza medio colgada, dejando que los rezagos de viento le desordenaran aún más el pelo largo y marchitado que tenía. Nuestros vecinos ya no miraban por la ranura de la puerta, sino que se habían apostado en la ventana. Los animales del gallinero acogieron al intruso que ya corría entre ellos con su ala quebrada.

-¿Qué hacemos? –le dije en voz baja a María, nuestra hermana mayor.

-No sé -me dijo ella, levantando los hombros. 

En ese momento el hombre levantó la cabeza. Había llorado, pero su mirada seguía rígida, determinada en encontrar a Raquel.

-Quiero hablar con tu madre –me dijo–, corre dile que quiero preguntarle una cosa.

-No tenemos madre –le dije–, murió hace mucho tiempo.

-Entonces a tu padre –dijo él balbuceando las palabras.

-Nuestro padre regresa en la noche –le dije–, pero no tarda en llegar Onel.

Le dije esto último sin saber a qué hora regresaba Onel, se lo dije sólo para no decepcionarlo demasiado. Pero el hombre no me dijo nada. Miró el árbol y caminó hacia él, arrastrando sus zapatos descosidos. Lo vimos alejarse lentamente hacia el árbol. Se apoyo en él, y se sentó donde nosotros nos habíamos sentado cuando el viento arreciaba. Alguna otra tempestad debía de haber en su mente. Nosotros quedamos desorientados en el centro del patio sin saber hacia donde ir; hacia la casa o hacia el árbol. Decidimos quedarnos afuera, al lado de la puerta de la casa, desde allí vigilábamos al hombre desconocido. Y así fue cayendo la noche.

Después de un buen rato, ya cuando la noche tomó plena posición del pueblo, el perro súbitamente corrió en dirección del árbol. Allí se puso a dar aullidos extraños, que otros perros de otras casas repicaban. Cuando corrió, le gritamos para que se detuviera, por temor a que mordiera al hombre que estaba descansando al pie del árbol. Cuando llegamos al árbol ya no encontramos al hombre. Dimos varias vueltas alrededor del árbol y nada. Lo buscamos un poco más lejos en la oscuridad, pero no respondía nadie. Le dije a María que fuera a traer la linterna. El perro se había alejado aullando hacia el lugar por donde apareció el hombre. Con la linterna miramos el lugar donde se había sentado el hombre y no vimos ninguna huella de él. Sólo estaban nuestras huellas frescas, porque seguía cayendo el polvo que había levantado el viento. Por más que buscamos sus huellas, no encontrábamos nada. No sé cuánto tiempo lo buscamos, quizá una hora o más. Empezábamos a tener frío y hambre, por eso regresamos a la casa para seguir esperando a Onel y a papá. Onel tardaba demasiado, pero estábamos acostumbrados a aquellas ausencias largas de Onel. El siempre era así, a veces desaparecía dos o tres días, y cuando llagaba nos contaba historias de lo que le había ocurrido, o quizá él las inventaba para distraernos. Primero llegaron los padres de los vecinos, afligidos por lo que les había ocurrido a su casa, luego se alegraron cuando vieron a sus hijos sanos y salvos. Se fueron a vivir a la casa de unos parientes que tenían a la entrada del pueblo. Un poco más tarde llegó papá. Calentamos la comida que habíamos preparado antes del ventarrón. Nadie se atrevía a referirle a papá sobre la presencia y desaparición del hombre. Sólo cuando todos estábamos sentados en la mesa, papá se dio cuenta que algo no iba bien. Le preguntó a María lo que había ocurrido, y ella se lo dijo todo. Papá no se alarmó de nada y al final nos dijo que comiéramos, porque se estaba haciendo tarde y la comida se enfriaba. Y no se habló más del asunto.

Unos meses más tarde papá nos reunió a todos al pie del árbol y nos refirió que efectivamente la Raquel que buscaba el hombre había vivido en el pueblo, hace muchos años, pero que se había marchado siguiendo a unos arrieros, y nunca más se supo de ella.

 

El hombre que la andaba buscando fue su primer novio. Ella lo había enviado con engaños a un sitio, adonde sabía que lo iban a matar, porque ella prefería casarse con el hijo de un terrateniente, con el cual nunca se casó. Dicen que le había dicho. "yo te espero aquí hasta que regreses."

París 10/24-09-2005